Te extraño; preferiría no decírtelo y guardar en una coraza de hierro los despojos de mis sentimientos; subyacer medianamente en el olvido; aterrizar bajo las columnas de la indiferencia selectiva, o consumirme en las cenizas de un amor que se resiste a las penumbras y a las dolorosas quimeras.
Una vez (hace ya mucho tiempo) te lo dije, después de una ausencia prolongada en la que me vi preso de emociones intensas, y tu respuesta fue una mirada propagada hacia el silencio; la nitidez especulativa de quien, con acervo autodominio, se encierra en un círculo de suficiencia casi absoluta... quizá debí dejarte en ese instante, pero no ocurrió; tal vez debí alejarme para siempre y señalarme con tu ausencia el camino hacia el olvido, pero no ocurrió; y hoy, tiempo después, sigo eclipsado bajo el influjo de tus labios; sigue sonando tu voz como una eterna melodía. ¡Te extraño! lo digo de nuevo, convencido de su certeza meteórica y absoluta, rompiendo el silencio de la noche que nos cubre; buscando con su lacónico resonar, la restitución de ese delirio que poco a poco hemos dejado escapar...