Platón inicia sus reflexiones sobre la naturaleza, estableciendo en la esencia el basamento permanente de toda ciencia por diferenciarse de los seres sensibles. El filósofo denomina a las esencias, ideas -realidades suprasensibles- o entes espirituales, inmutables e imperecederos que se oponen a las cosas sensibles las cuales se encuentran fluyendo constantemente. Destaca también, que las ideas perfectas en su orden no lo son en relación a su perfección debido a que ellas poseen una jerarquía que parte de la idea del Bien como ente supremo y creador de las demás, que hace generar lo bueno, la ciencia, la verdad, el ser y la realidad. La idea del Bien que en Sócrates adquiere un carácter moral en Platón se transforma en una exaltación del origen de la naturaleza de las cosas; de allí que el Bien al cual tiende toda vida humana, sea el inicio de toda la existencia.

La cualidad de permanencia que poseen las ideas, está basada en el carácter de unidad que las distingue de la multiplicidad de los objetos sensibles. Así, la pureza y unidad de éstas, son la afirmación de su existencia, donde lo real en sí no es mezcla del No Ser. En consecuencia, es un error pretender adjudicarle a las cosas materiales la verdadera realidad, ya que los sentidos inducen al engaño dando a conocer sólo una apariencia cambiante ajena a toda realidad verdadera y única que se fundamenta en el mundo incorpóreo, impalpable e invisible que puede ser captado a través de la inteligencia.

A pesar de que ambas esferas se presentan como dos mundos distintos en su naturaleza, Platón atribuye al mundo inteligible de las ideas la causa de la existencia del mundo sensible al que éste tiende a parecerse; en su defecto, las cosas imperfectas y perecederas en sí mismas asumen su realidad de los modelos arquetípicos o esencias por los cuales son designadas.

... asimilar la región que, mediante la vista aparece, a la morada