Por el presidente Thomas S. Monson

                                  Sigan a los profetas

Serví en la Marina de los Estados Unidos hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. Era marinero, el más bajo de todos los rangos de la marina. Luego ascendí a marinero de primera clase, después de lo cual califiqué para ser auxiliar de tercera clase.

 

 

            La Segunda Guerra Mundial acabó y más tarde me dieron de baja, pero tomé la decisión de que, si alguna vez volvía a las fuerzas armadas, quería servir como oficial. Pensé: “No más cocinas de comedores para mí, ni fregar cubiertas, si puedo evitarlo”.

 

 

            Después de que me dieron de baja, me uní a la Reserva Naval de los Estados Unidos. Asistí a sesiones de entrenamiento los lunes por la noche y estudié mucho para poder cumplir con los requisitos académicos. Hice todo tipo de exámenes imaginables: mentales, físicos y emocionales, y finalmente llegaron las buenas noticias: “Usted ha sido aceptado para recibir la comisión de alférez en la Reserva Naval de los Estados Unidos”.

 

 

            Con gran alegría se lo mostré a mi esposa, Frances, y dije: “¡Lo logré! ¡Lo logré!”. Ella me abrazó y dijo: “Has trabajado muy duro para conseguirlo”.

 

 

            Pero entonces sucedió algo. Fui llamado como consejero en el obispado de mi barrio. La reunión de consejo del obispo era la misma noche que el entrenamiento en la marina. Sabía que se trataba de un terrible conflicto y sabía que no tenía tiempo para dedicarme a la reserva naval y a mis deberes en el obispado. ¿Qué iba a hacer? Debía tomar una decisión, así que 

 

 

            oré al respecto. Después fui a ver a quien había sido mi presidente de estaca durante mi adolescencia, el élder Harold B. Lee (1899–1973), que en aquel entonces era miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. Me senté a la mesa con él y le dije lo mucho que esa comisión significaba para mí. De hecho, le mostré la carta de nombramiento que había recibido.

Pero entonces sucedió algo. Fui llamado como consejero en el obispado de mi barrio. La reunión de consejo del obispo era la misma noche que el entrenamiento en la marina. Sabía que se trataba de un terrible conflicto y sabía que no tenía tiempo para dedicarme a la reserva naval y a mis deberes en el obispado. ¿Qué iba a hacer? Debía tomar una decisión, así que 

oré al respecto. Después fui a ver a quien había sido mi presidente de estaca durante mi adolescencia, el élder Harold B. Lee (1899–1973), que en aquel entonces era miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. Me senté a la mesa con él y le dije lo mucho que esa comisión significaba para mí. De hecho, le mostré la carta de nombramiento que había recibido.