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Ventajas de orinar parado

Desde que los varoncitos aprenden a hacer pipí sin usar pañales lo han hecho de pie, como cuando los perros marcan su territorio. No importa cuántas quejas reciban de su mamá o hermanas, los machos, los caballeros orinan parados ¡y punto! Que el chorro apunte o no al escusado es cosa que poco les importa, pues ellos, una vez descargan sus vejiguitas, salen tranquilos, esperando que sean las mujeres de la casa las que limpien, pues al fin y al cabo son ellas a las que les toca padecer en carne propia la falta de tino de los hombres de la casa.

Desde que tengo memoria recuerdo a mis hermanas quejándose porque mis hermanos y yo chorreábamos la taza del sanitario, lo que —con razón— les generaba a las féminas de la familia unas furias profundas. Peor aún cuando uno, para evitar tanta quejadera, levantaba la tapa, orinaba y salía corriendo olvidando poner el bizcocho en su sitio. Por regla general ellas entraban después y allí se agarraban a dar alaridos porque quedaban, literalmente, con el agua al cuello.

Siempre nos dijeron que orinar sentados era cosa de mujercitas. Y por supuesto no puede orinar sentado un joven adolescente cuya potencia en el chorro le sirve hasta para escribir en las paredes, cosa que mis amigos del colegio y yo solíamos hacer; es más, competíamos para saber quién podía escribir mejor "Padre Donaldo" contra la pared de la iglesia de La Estrada en el San Bartolomé. Todavía recuerdo la perfección de los escritos de esa pared que envidiarían hasta los calígrafos profesionales. Y eso que nos parábamos a casi dos metros de distancia. ¡Ah épocas aquellas! 

Posteriormente, durante los veinte y los treinta, aparte de tener cuidado de no dejar las huellas delatadoras del perenne y persistente goteo en el retrete, el hecho de orinar, parado o sentado, jamás ocupó mi atención ni mucho menos fue un asunto que hubiera considerado, pensado, estudiado o decidido. 

Pero llegaron los cuarenta y con ellos, como por arte de magia, el chorro perdió de un día para otro toda su potencia y vigor anunciando premonitoriamente mi camino a la senectud.

No fue sino que me levantara aquella mañana en que pasé al cuarto piso, para que la tasa quedara más goteada de lo normal y, peor aún, descubrir con pánico que el chorrito estaba tan debilucho que parte de la orinada había ido a parar al piso. Ustedes no se alcanzan a imaginar la desazón que eso produce, sobre todo cuando vemos que los zapatos empiezan a mancharse y desteñirse por cuenta del ácido de cada gotita perversa. 

A pesar de todos los esfuerzos y de pujar a tal punto que sentía mis sienes reventar, el chorro, o mejor, el chorrito no volvió a mejorar. Y peor fue mi tristeza cuando el médico me lo confirmó: "Su próstata está bien y sobre lo de la potencia del chorro, lo único que le puedo recomendar es una dosis diaria de aceite". ¿Aceite? Le pregunté al galeno. Y me dijo sí: "Aceite el pendejo porque lo tuyo es normal a tu edad".

Por eso decidí empezar a orinar sentado, siempre y cuando no esté en baños públicos. No se imaginan lo cómodo que resulta no tener que apuntar, no tenerse que aguantar las correspondientes vaciadas y, por supuesto, no vernos obligados a prender la luz cuando la orinada nos saca de la cama, cosa que empieza a ocurrir con más frecuencia cuando nos acercamos al medio siglo.

Pero mayor ha sido mi sorpresa al descubrir que muchos de mis amigos, a quienes les he preguntado si orinan sentados, me han confesado que, casualmente después de los cuarenta, optaron por lo mismo. Las razones aducidas son variadas y van desde lo cómodo que resulta, hasta, óigase bien, lo reconfortante que es saber que uno no tiene que hacer mayores esfuerzos para desocupar la vejiga totalmente, pues a mi edad las meadas siempre resultan incompletas. ¡No importa qué tanto orine, siempre le quedará alguito más por orinar! 

Así, pues, que si usted es de los que creen que hacer pipí sentado es cosa de mujeres, pues pellízquese, porque incluso en Alemania en los baños públicos hay unas calcomanías que les recuerdan a los varones que está prohibido orinar parados.

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